sábado, 27 de agosto de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
Visita de Susana, correr por el desierto (desert run) y pescando el gran tiburón blanco

lunes, 22 de agosto de 2011
Estoy de agua hasta...
Profesor de inglés

Basado en hechos reales
Ayer estaba arreglando el jardín de mi casa cuando sonó el móvil. Era una amiga para saber algo más sobre mi entrevista con la editorial everest y, de paso, contarme sus vacaciones en Croacia.
- Aún no sabes nada de la editorial -me preguntó con cierta seriedad.
- No, no sé nada. -contesté mientras miraba a mi perra dormir bajo la sombra.
- He visto tus fotos en las que estás con traje y corbata. Nunca te había visto trajeado.
- Bueno -reí- en las entrevistas hay que dar buena imagen.
- ¿Sabes de dónde viene la corbata? -me preguntó con cierto misterio. Por un momento, tuve la sensación que me iba a explicar el truco del conejo y la chistera.
- Pues ni idea -seguí mirando a mi perra.
- Fue en Francia cuando estaba el rey -mi amiga dudó y se calló durante unos segundos- vaya, en verdad, no me acuerdo. Lo cierto... es que Francia tenia como aliados al ejercito croata. El uniforme del ejército croata tenía un lazo rojo que se ataba como un nudo de corbata. Un día el rey francés se quería poner un pañuelo en el cuello y no sabía cómo atarlo. Entonces, llamó a su criado y le dijo que le pusiera el pañuelo con un nudo al estilo croata.
- Vaya, no lo sabía. -mi perra se había levantado sin prestarme atención.
- Por eso corvatta o crovatta es derivado de croata. Alucinante ¿verdad?
Mientras mi perra bebía agua, escuché el resto de anécdotas del viaje y lo barato que es Croacia. Sin darme cuenta, mi amiga había cambiado el tono de su voz para confesarme que había soñado conmigo. En verdad, me había llamado para contarme su sueño.
- ¿Has soñado conmigo? -reí mientras mi perra se volvió a tumbar.
- Si, creo que debió ser porque había leído en tu facebook lo de la entrevista. En mi sueño eras un profesor de inglés. -mi amiga empezó a reír.
- ¿Profesor de inglés? -pregunté.
Mi amiga no recordaba ni el tiempo ni el lugar. Solo recordaba que recibió mi llamada para informarle que tenía trabajo como profesor de inglés en un colegio para niños. La noticia le llenó de felicidad pero, al mismo tiempo, dudaba de mi nivel de inglés. Tenía mucha curiosidad por mis conocimientos sobre la lengua de Shakespeare. Por eso, me pidió permiso para acompañarme en mi primer día colegio. No puse ninguna excusa y me acompañó hasta la escuela. Mi amiga no supo explicarme si empecé a trabajar un lunes o un martes. Sólo recordaba que caminábamos por un largo pasillo. Ella me seguía a cierta distancia, como temiendo que mi escaso nivel de inglés fuera el pasaporte para la ahorca. Después de caminar unos pocos metros, entré en un aula lleno de niños. Eran alegres chavales de cuatro y cinco años de edad. Sin dudarlo, me puse en medio de la clase mientras los críos daban saltos de alegría por toda el aula. Algunos de los niños me tocaban y salían corriendo como si fuera una estrella de rock.
- ¿Los niños saltaban a mi alrededor? -pregunté sin poder aguantar la risa.
- Sí y además les hablabas en un inglés inventado.
- ¿Inglés inventado?
- Sí-- siiii... hablabaass... -mi amiga empezó a reír.
- No te entiendo qué dices -me había contagiado su risa.
- Todo el rato decías una especie de “wachu wachu”. Era un inglés absurdo y yo estaba alucinando con tu descaro. -aún seguía riendo.
En mi clase los niños saltaban, gritaban y escuchaban cómo les explicaba las letras y los números en “wachu wachu”. En cambio, en la puerta de al lado salió una niña, con las manos tapándose la cara, corriendo hacia su madre. La niña lloraba porque no se sabía los números en inglés. Mientras la niña lloraba arropada por su madre, mi amiga empezó a preguntarse que quizás yo sabría bastante inglés. Por eso, con cierto pudor, giró la cabeza para saber si los niños me habían devorado o si se habrían dado cuenta de que no tenía ni idea de inglés. Mi amiga alucinaba al ver tanto niño abroncado y escuchando mi mejor “wachu wachu”.
- ¿Solo decía wachu wachu? -pregunté sin dejar de reír.
- Sí... sólo decías eso... pero ahí no acaba la cosa -la voz de mi amiga se puso sería.
En el segundo día de colegio, mi amiga me volvió acompañar porque sabía que tenía la reunión con los profesores. Para que me dieran el puesto de trabajo, debía pasar un examen oral y escrito. Volvimos a caminar por el mismo pasillo. Ella iba a cierta distancia y en silencio, como el primer que me acompañó. El pasillo del colegio estaba vacío. No se oían las voces de los críos. El único ruido eran el sonido de mis zapatos al pisar. Ella camina a distancia como si temiera que la reconocieran como mi amiga. Iba absortar en sus pensamientos. Parecía que lo único que tenía en su cabeza era su preocupación por mi nivel de inglés. Desconfiaba de mi “wachu wachu” pero pensó que, quizás, mi descaro y mis experiencias en las entrevistas valdrían para ser admitido como profesor. Mi amiga se paró en seco para, observar a cierta distancia, mi comportamiento. Yo me quedé quieto y, delante del aula de profesores, no dude mucho tiempo para abrir la puerta. Todos los profesores giraron sus cabezas hacia mí cuando me quedé delante de ellos. Mi amiga, parapetada en la distancia, temía que saludara con un “wachu wachu”. Yo seguía quieto y sonriendo. Mi amiga no pudo aguantar la presión y se despertó cuando me disponía a saludar a mis nuevos compañeros.
martes, 16 de agosto de 2011
Entrevista con la editorial Everest
Ayer tuve mi entrevista con la consultora que buscan un comercial para la editorial Everest.
A las cinco de la tarde estaba citado en un céntrico hotel de Valencia. Al llegar al hall, pregunté en recepción por la empresa. Una joven me indicó que estaban entrevistando en el salón Valencia que estaba en la séptima planta. Para ello, debía coger el ascensor que tenía a mi espalda.
Salí del ascensor y me crucé con la chica de la limpieza que empujaba un carro cargado de mantas y productos de limpieza.
Por favor ¿Podrías decirme dónde está el salón Valencia? -pregunté mientras observaba los rasgos de la mujer.
Le acompaño -soltó el carro al mismo tiempo que me regaló una sonrisa.
Con cierta alegría, seguí a la mujer hasta la puerta del salón. Le di las gracias y miré el reloj. Eran las cinco en punto. Mis nudillos estaban a punto de llamar a la puerta cuando comprobé que no estaba bien cerrada. La puerta estaba entornada y una diminuta luz se filtraba entre las hojas. También pude escuchar una conversación entre una mujer y un hombre. Me quedé quieto, acerqué la oreja para intentar descifrar de qué iba la conversación. A los pocos segundos, me puse nervioso y me alejé de la puerta temiendo ser descubierto. Esa sensación me recordó al colegio. Solía pasar por el despacho de profesores para pegar la oreja en la puerta porque estaba convencido que, algún día, se le escaparían las preguntas de los exámenes. Volví a mirar el reloj y pasaban diez minutos de las cinco de la tarde. Decidí pasear por el hall para matar el tiempo y, de paso, buscar a la limpiadora. Su belleza me había impresionado. No la encontré y decidí volver a la puerta. Nada más llegar, se abrió la puerta y una mujer despedía a un hombre de mi misma edad.
Si no le importa. Ahora rellene este test en el hall que tiene aquí al lado y me lo entrega cuando esté terminado- dijo la mujer mientras le entregaba un documento al candidato.
El hombre se alejó dejándonos cara a cara.
Y ¿Usted es...? la mujer me preguntó sujetando la puerta con una mano.
Miralles. -contesté.
Ah... claro... por favor, pasé.-nos dimos la mano.
Estuvimos una hora hablándonos de usted y, sobre todo, sobre mí. Sesenta minutos hablado de mi manera de pensar, de mis estudios, de las ventas, de libros, de mi etapa como comercial y de mi etapa como promotor musical. Me informó que si pasaba la entrevista, habría una segunda entrevista pero no sabría decirme el día. Me estaba explicando que tenía que rellenar un test psicotécnico cuando llamaron a la puerta.
Por favor, me perdona -la consultora se levantó para abrir la puerta.
Tengo una cita para una entrevista -dijo un hombre con traje gris.
Si no le importa, espere en el hall que ahora mismo le llamo- la mujer cerró la puerta.
La consultora me entregó el test y nos volvimos a dar la mano. Al llegar al hall, me encontré con la persona que acababa de llamar a la puerta. Estaba de pie mirando el suelo.
Perdona... creo que te están esperando -le dije mientras señalaba la puerta donde hacían las entrevistas.
Levantó la cabeza y me dio las gracias. Detecté que sus palabras estaban cargadas de timidez. Al pasar por mi lado, comprobé que me sacaba una cabeza y su cuerpo estaba demasiado encorvado. Tuve la sensación que su chaqueta tapaba una chepa. Me quité la chaqueta y me senté en el sofá, A mi lado tenía al candidato había espiado en su conversación con la consultora.
¿Qué tal te ha ido la entrevista? -me preguntó mientras hacía su test.
Pues no sé qué decirte -contesté con mucha educación.
Pues yo ya he terminado el test -se levantó del sofá y se marchó hacia la puerta.
Pues yo voy a empezar a hacerlo -abrí la primera hoja.
El test constaba de ciento ochenta preguntas y debía contestar verdadero o falso.. Eran las típicas preguntas para descubrir si te comes las uñas o te da por subir a una azotea, con rifle en mano, para disparar a todo ser viviente. La primera pregunta era sobre si me enfadaba con facilidad.
Estaba leyendo la segunda pregunta cuando volví a ver a la persona que había espiado. Mientras esperaba el ascensor nos intercambiamos una sonrisa y nos deseamos suerte. No había llegado a la tercera pregunta cuando la persona tímida, con posible chepa, se plantó en el hall. Dejé de leer para observarle con más tranquilidad. Me había despertado curiosidad. No me miró. No me dijo nada.
El silencio se convirtió en el rey del hall. No sé oía ni el motor del ascensor. Esperó al ascensor mientras su mirada la ponía en la alfombra. No subió la cabeza en ningún momento, como si le hubieran regañado por haber hecho algo malo. Llegó el ascensor y se lo tragó. No le conocía de nada, pero una sensación de pena me invadió el cuerpo. Dejé el test, eché la cabeza hacia atrás y pensé en qué habría fallado esa persona. Quizás hubiera mentido en el currículum. Quizás la posible chepa hubiera sido un problema para vender libros. Después de hacerme algunas preguntas absurdas sobre la vida y las entrevistas, volví a responder las preguntas del test. Me estaba levantando cuando del ascensor salió un hombre trajeado.
¿Sabes dónde están haciendo entrevistas? -me preguntó.
Claro, es ahí -señalé la puerta.
Gracias -me contestó.
Suerte -le dije.
No tuve respuesta. No me importó. Esperé a que entrara. Me acerqué hasta la puerta que, en esta ocasión, estaba bien cerrada. Llamé, entregué el documento y me despedí de la mujer. Me fui hasta el hall pensando qué sería de la mujer de la limpieza.
Llamé al ascensor y lo esperé con la cabeza mirando al suelo.
Ayer tuve mi entrevista con la consultora que buscan un comercial para la editorial Everest.
A las cinco de la tarde estaba citado en un céntrico hotel de Valencia. Al llegar al hall, pregunté en recepción por la empresa. Una joven me indicó que estaban entrevistando en el salón Valencia ubicado en la séptima planta. Para ello, debía coger el ascensor que tenía a mi espalda.
Salí del ascensor y me crucé con una mujer de la limpieza que empujaba un carro cargado de mantas y productos de limpieza.
- Por favor ¿Podrías decirme dónde está el salón Valencia? -pregunté mientras observaba los rasgos de la mujer.
- Le acompaño -soltó el carro al mismo tiempo que me regaló una sonrisa.
Con cierta alegría, seguí a la mujer hasta la puerta del salón. Le di las gracias y miré el reloj. Eran las cinco en punto. Mis nudillos estaban a punto de llamar a la puerta cuando comprobé que no estaba bien cerrada. La puerta estaba entornada y una diminuta luz se filtraba entre las hojas. También pude escuchar una conversación entre una mujer y un hombre. Me quedé quieto, acerqué la oreja para intentar descifrar de qué iba la conversación. A los pocos segundos, me puse nervioso y me alejé de la puerta temiendo ser descubierto. Esa sensación me recordó al colegio. Solía pasar por el despacho de profesores para pegar la oreja en la puerta porque estaba convencido que, algún día, se le escaparían las preguntas de los exámenes. Volví a mirar el reloj y pasaban diez minutos de las cinco de la tarde. Decidí pasear por el hall para matar el tiempo y, de paso, buscar a la limpiadora. Su belleza me había impresionado. No la encontré y decidí volver a la puerta. Nada más llegar, se abrió la puerta y una mujer despedía a un hombre de mi misma edad.
- Si no le importa. Ahora rellene este test en el hall que tiene aquí al lado y me lo entrega cuando esté terminado- dijo la mujer mientras le entregaba un documento al candidato.
El hombre se alejó dejándonos cara a cara.
- Y ¿Usted es...? la mujer me preguntó sujetando la puerta con una mano.
- Miralles. -contesté.
- Ah... claro... por favor, pasé.-nos dimos la mano.
Durante una hora nos hablamos de usted y, sobre todo, sobre mí. Sesenta minutos hablado de mi manera de pensar, de mis estudios, de las ventas, de libros, de mi etapa como comercial y de mi etapa como promotor musical. Me informó que si pasaba la entrevista, habría una segunda entrevista pero no sabría decirme el día. Me estaba explicando que tenía que rellenar un test psicotécnico cuando llamaron a la puerta.
- Por favor, me perdona -la consultora se levantó para abrir la puerta.
- Tengo una cita para una entrevista -dijo un hombre con traje gris.
- Si no le importa, espere en el hall que ahora mismo le llamo- la mujer cerró la puerta.
La consultora me entregó el test y nos volvimos a dar la mano. Al llegar al hall, me encontré con la persona de traje gris. Estaba de pie, mirando el suelo.
- Perdona... creo que te están esperando -le dije mientras señalaba la puerta donde hacían las entrevistas.
Levantó la cabeza y me dio las gracias. Detecté que sus palabras estaban cargadas de timidez. Al pasar por mi lado, comprobé que me sacaba una cabeza y su cuerpo estaba demasiado encorvado. Tuve la sensación que su chaqueta tapaba una chepa. Me quité la americana y me senté en el sofá. A mi lado tenía al candidato que había espiado en su conversación con la consultora.
- ¿Qué tal te ha ido la entrevista? -me preguntó mientras hacía su test.
- Pues no sé qué decirte -contesté con mucha educación.
- Pues yo ya he terminado el test -se levantó del sofá y se marchó hacia la puerta.
- Pues yo voy a empezar a hacerlo -abrí la primera hoja y me quedé solo.
El test constaba de ciento ochenta preguntas y debía contestar verdadero o falso. Eran las típicas preguntas para descubrir si te comes las uñas o te da por subir a una azotea, con rifle en mano, para disparar a todo ser viviente. La primera pregunta era sobre si me enfadaba con facilidad.
Estaba leyendo la segunda pregunta cuando volví a ver a la persona que había espiado. Mientras esperaba el ascensor nos intercambiamos una sonrisa y nos deseamos suerte. No había llegado a la tercera pregunta, cuando la persona tímida y cuerpo encorvado se plantó en el hall. Dejé de leer para observarle con más tranquilidad. Me había despertado curiosidad. No me miró. No me dijo nada. El silencio se convirtió en el rey del hall. No sé oía ni el motor del ascensor. Mientras esperaba al ascensor, su mirada la tenía fija en la alfombra. No subió la cabeza en ningún momento, como si le hubieran regañado por haber hecho algo malo. Llegó el ascensor y se lo tragó. No le conocía de nada, pero una sensación de pena me invadió el cuerpo. Dejé el test, eché la cabeza hacia atrás y pensé en qué habría fallado esa persona. Quizás hubiera mentido en el currículum. Quizás la posible chepa hubiera sido un problema para vender libros. Después de hacerme algunas preguntas absurdas sobre la vida y las entrevistas, volví a responder las preguntas del test. Me estaba levantando cuando del ascensor salió un hombre trajeado.
- ¿Sabes dónde están haciendo entrevistas? -me preguntó.
- Claro, es ahí -señalé la puerta.
- Gracias -me contestó.
- Suerte -le animé.
No tuve respuesta. No me importó. Esperé a que entrara. Me acerqué hasta la puerta que, en esta ocasión, estaba bien cerrada. Llamé, entregué el documento y me despedí de la mujer. Me fui hasta el hall pensando qué sería de la mujer de la limpieza.
Llamé al ascensor y esperé con la cabeza mirando al suelo. Con la mirada puesta en la alfombra.















