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Ya he visto el vídeo y ya me estoy imaginando cómo será mi trabajo.

Valencia es una ciudad con un viento bastante fuerte y, en ocasiones, tengo la sensación que estoy en alta mar. Después de caminar quinces minutos, llegué a mi destino. Mi cara se reflejaba en el cristal del portal, me arreglé los cuatro pelos de la cabeza y sonreí.
-          Buenas tardes. Soy el asesor que han llamado esta mañana. Por favor ¿Me abre? –dije después de apretar el botón del telefonillo.
Dentro del portal,  esperé  a que bajara el ascensor mientras unas señoras de avanzada edad me saludaban educadamente. Apreté el botón del cuarto piso y, delante del espejo, me arreglé la corbata.
Por segunda vez, en el mismo edificio, llamé a un timbre.
-          ¿Quién es? –preguntó una voz masculina detrás de la puerta.
Asustado por el tono de voz, retrocedí y observé como una enorme sombra se filtraba por debajo de la puerta.  Estaba a punto de marcharme cuando la puerta se abrió con fuerza.



-          ¿Qué quieres? Preguntó una persona con voz grave.
Era una persona  alta, corpulenta, con mucho bello por los brazos y, como si fuera un cuadro, un enorme tatuaje cubría su pecho.  Lo primero que se me pasó por la cabeza, es que podría ser un marinero  que necesitaba fantasear, en la soledad, con mis productos.
-          Buenas –contesté con cierta tartamudez- soy el asesor… delegado… tappersex.
-          Ah ¿El que vende pollas? Cariño… está aquí el vende nabos. –gritó hacia el pasillo de la casa-          Hazle pasar –una voz femenina le contestó desde las tripas de la casa.
No sé por qué, pero sentí un gran alivio al oír una voz femenina. Por un momento, me veía a solas con el oso tatuado y, quizás, podría acabar con una polla en el culo.
-                   ¿Te apetece algo? -la enorme persona me invito tomar asiento.
-          No, gracias.- me senté una silla forrada de leopardo.
-          Yo vengo ahora… voy a buscar a mi mujer.
La habitación tenía un popurrí de estilos decoración: una enorme lámpara con cristales rojos me vigilaba desde el techo,  las paredes sujetaban cuadros psicodélicos,  los muebles eran de madera, las sillas forradas muy horteras y encima de la televisión había una bailaora de flamenco.  Una conversación por el pasillo me salvó de un ataque de epilepsia televisa de tanto mirar a la bailaora.
-          Hola… soy María Luisa y a éste ya lo conoces- señaló al hombre.


-          Yo soy el asesor tappersex –le solté la mano.
-          Muy bien. Por favor, siéntate.- la mujer señaló una silla.
-          Muchas gracias.-contesté mientras buscaba el maletín.

Se sentaron delante de mí. Él seguía con la misma cara de besugo y se levantó para encender la televisión. Ella era guapa, alta, vestía con blusa negra, una falda de cuero marrón y zapatos  de tacón. Se conservaba bastante bien para tener, eso creo, los cincuenta y picos años.
-            ¿Qué nos vas a enseñar? –me guiñó un ojo.

El guiño fue como un disparo en la mano porque se me cayó el maletín al suelo y se desparramó todo el material por el suelo.
-          Perdón –supliqué mientras cogía las pollas de plástico del suelo y las ponía encima de la mesa- pues… le voy a enseñar un mundo de fantasías.
-          Pues a mí no me vendes una polla de esas que han tocado el suelo –dijo el marido sin quitar la vista de la tele.
-          Por favor. Este género está aquí para tocar y el pedido se lo mandaría en un par de días.-contesté con educación.
-          Y ¿Tú? ¿También estás para tocar? – la mujer me volvió a guiñar el ojo.
Una vez más, el guiño se convirtió en un proyectil  y tiré una enorme polla de color azul.
-          Joder, cariño… no pongas nervioso al chaval. Compra lo que quieras y que se vaya a la puta calle.
La mujer empezó a reír mientras su mirada me avisaba que me podría desintegrar cuando ella quisiera.  Después de colocar todo el género encima de una mesa de cristal negro, expliqué uno a uno mis productos.
-          ¿Qué es esto? –preguntó el marido.
-          Eso son unas bolas chinas.-contesté evitando la mirada de la señora.
-          ¿Unas bolas chinas? –preguntó con sarcasmos- joder con los chinos están en todas las putas partes. Nos quitan los bares, nos roban el dinero y se meten en el coño de nuestras mujeres.
El hombre empezó a reír como si el chiste fuera candidato a un óscar mientras la mujer le observaba con desdén.
-          En verdad –se las quité de las mano- son un instrumento muy bueno para fortalecer la vagina y, con el tiempo, dar placer.
-          He oído hablar sobre ellas. –dijo la mujer mientras cruzaba las piernas y sus ojos buscaban los míos.
Les expliqué que mientras en nuestro país nos ponen los pendientes, a las niñas coreanas se las introducen desde pequeñas. Les hablé de uso y cómo pueden tener el máximo placer.

-          ¿Tú qué dices, mi amor? –le preguntó mientras jugaba con las bolas. Volvió a cruzar las piernas.
-          Lo que tú quieras.-le contestó sin dejar mirar la tele.
Después de media hora de ilustración sobre el género, vendí dos pollas de colores, dos botes de cremas, un vibrador dedo,  un masturbador de mano azul y, por supuesto, las bolas chinas.

-          Ha sido un placer conocerles y si necesitan algo más, ya saben donde estoy.- le di una tarjeta a la mujer.
-          Gracias, cielo –medio dos besos.
-          Hasta luego –grité desde la puerta al marido que seguía sentado en el sofá de leopardo.
-          Espero verte pronto.- la mujer me volvió a guiñar un ojo.
Dentro del ascensor, con cara de satisfacción, me miré en el espejo y me arreglé la corbata. La puerta del ascensor se abrió y volví a cruzarme con las señoras de la tercera edad que, cargadas de bolsa con la compra, nos volvimos a saludar educadamente. En la calle, el viento soplaba con cierta fuerza y, mientras caminaba, maduré en lo que me puede llegar a excitar que una mujer me guiñe el ojo.   

Comentarios

Tuppersex Madrid ha dicho que…
Jaja, la verdad es que en este trabajo muchas veces vives situaciones de lo más embarazosas y divertidas!!

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