Ejército del Aire


Hoy hace 75 años se creó el ejercito del aire. Eso me recuerda a mi momentos como soldado. Se puede decir que no era un hacha en la disciplina castrense: me arrestaron por no saber guiñar el ojo y disparar como el culo. Me volvieron arrestar por ser un bocazas y me arrestaron el día de la visita del Papa Juan Pablo II. Dejo un extracto de mi libro donde cuento el por qué:
De vuelta al cuartel, mi fama había subido como la espuma entre los compañeros y los mandos. Seguíamos durmiendo en las tiendas de campaña en una explanada de la zona militar de Barajas, infestada de ratas que se venían a nuestra cama para acomodarse entre nuestras piernas y recibir el calor humano. Más de una vez nos despertábamos para hacer el cambio de guardia y descubríamos a estos animalitos durmiendo a pierna suelta sobre nosotros.
El teniente De Torre estaba en lo más alto de los mandos. Era un oficial desequilibrado y frustrado por no haber podido ingresar en los cuerpos de élite. En los cambios de guardia, hacía acelerar al conductor del Jeep y nos mandaba saltar en marcha desparramando soldados magullados por las pistas del aeropuerto.
Por primera vez, el 31 de octubre de 1982, el papa Juan Pablo II pisó tierras españolas.
La imagen del pontífice besando el suelo de las pistas del aeropuerto de Barajas se hizo famosa. A su lado estaba yo, con walky y metralleta en mano, a cargo de la vigilancia del avión papal. El recinto rebosaba de altos mandos del clero, curas, monjas, Geos, más Geos y policía. El teniente apareció con medio cuerpo fuera del Jeep gritando con pistola en mano:
—¡Esta es zona militar! ¡Aquí no pasa ni Dios! ¡Échense hacia atrás! ¡Zona militar!
Los murmullos del clero se oían en varios idiomas y los miembros de la policía no podían evitar la risa al observar a semejante personaje.
En esos días, cogí una gastroenteritis que me hacía ponerme de cuclillas y bajarme los pantalones por todas las pistas del aeropuerto. Cuando el Papa volvía de su viaje a Galicia, el teniente De Torre me asignó como destino la punta del Boeing del Pontífice para controlar el acceso al avión. Llevaba apenas una hora en mi puesto, cuando me empezaron unos retortijones incontrolables. El walky lo tenía un recién llegado al cuartel situado en la cola del avión, así que giré el cuerpo como pude y comencé a hacerle señales para que llamara a base y que vinieran a por mí.
El nuevo, que no sé qué interpretó al verme, se marchó hacia atrás y se escondió tras las ruedas. Verle irse cada vez más lejos me hacía saltar las lágrimas porque notaba la presión en mi culo que estaba a punto de estallar. Hice durante diez minutos todo tipo de gestos para que entendiera lo que quería. A cámara lenta cogía el teléfono, llevaba la otra mano hacia el pecho para señalarle, sacudía las manos en dirección a la base para que les llamara, y con las dos manos en la cintura del pantalón, hacía que me los bajaba hasta las rodillas. Por la forma de mirarme, el soplapollas tuvo que entender que yo le iba a dar por el culo en la base después de dejar el puesto, ya que a medida que me acercaba con las nalgas oprimidas, el chaval se alejaba cada vez más como si quisiera escapar gritando "No me des por el culo". Cuando le alcancé, le quité el walky mientras le insultaba y me acordaba de toda su familia.
—Patrulla a base… Necesito relevo... Me estoy cagando. Cambio —dije por el walky.
En pocos minutos, apareció el Jeep con el teniente De Torre al volante, cosa que me extrañó.
—¡Sube al Jeep, Pelos! Me tienes todo loco —dijo el teniente.
Dentro del Jeep, me miró con cara de haber visto un fantasma.
—¿Tu sabes qué canal has usado, pedazo de payaso? ¡Estamos en el tres! Todos, absolutamente todos, desde la Guardia Civil, todo el aeropuerto, hasta el propio Papa están en el canal tres. O sea, que todo el mundo sabe que te cagas. Joder, parecemos una banda de gilipollas —descargó casi sin respirar mientras me llevaba al cuartel.
Sentado en la taza, pensaba en el arresto y si en verdad el Papa se habría enterado de mi apretón. Vi como la mano del teniente sobresalía por encima de la puerta con unas pastillas cerradas herméticamente en su envoltorio.
—Quiero que te comas ahora mismo dos pastillas de éstas. Son para dejar de cagar en un mes. Me paso el día viéndote defecar por el bosque como las ratas. ¡Mira que cagas chaval!
—No tengo agua para tomármelas, mi teniente.
—Me la suda, como si la coges de la taza, las chupas o masticas. Te estoy apuntando con la pistola y antes de que termines de cagar te las comes. Es una orden.
Mientras chupaba las pastillas podía ver las botas del teniente de un lado para otro delante de la puerta. Al terminar, me mandó de nuevo debajo del avión.
Siempre me quedaré con la intriga de si el Papa llegó a saber


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